martes, marzo 06, 2007

Aviles: Una turbina para La Palmera. El Principado recupera algunas piezas de la Térmica para exponerlas en el paseo de la ría

El Principado recupera algunas piezas de la Térmica para exponerlas en el paseo de la ría
Los vestigios están instalados provisionalmente a la espera de que se concrete el proyecto artístico del museo al aire libre.

El paseo de la ría no será el único destinatario de los restos industriales de la Térmica. Una gran turbina de cuatro metros de altura espera en las instalaciones a que se decida su ubicación, después de pasar el pertinente proceso de recuperación.

La idea de Ramón Rodríguez es que la ubicación final de esta turbina sea la rotonda de La Palmera, sin que eso suponga la retirada del árbol, en una particular relación entre la industria y la naturaleza. ¿Puede un vestigio industrial convertirse en obra de arte? La opinión de la Consejería de Medio Ambiente es que sí.

Por ello, el paseo de la ría, en el tramo que parte del puente de San Sebastián hacia el hospitalillo de Llaranes, luce desde hace algunas semanas varias piezas recuperadas de la Central Térmica de Ensidesa, un primer paso en la idea del Principado de convertir este rincón de Avilés en un museo al aire libre.

Las once piezas que se pueden contemplar de forma provisional son varias de las rescatadas por los propios técnicos e ingenieros responsables del desmantelamiento de la Térmica.

En principio, la idea del Principado era involucrar en el proyecto a una serie de artistas bajo la coordinación de Ramón Rodríguez, director del Centro Municipal de Arte y Exposiciones (CMAE) y diseñador de la actual imagen del puente de San Sebastián. A pesar de que no se ha desechado, esta iniciativa se encuentra aparcada por el momento, a la espera de poder desarrollarla «con más calma», tal y como indicó a este periódico el propio Rodríguez.

El objetivo del proyecto es dar una nueva oportunidad a las piezas que dieron vida a la Térmica, «que sigan viviendo sin su uso industrial». En esa nueva vida, las antiguas válvulas, carcasas, bombas y motores descubrirán al espectador su dimensión artística, mimetizándose con un entorno recuperado pero cuyo horizonte aún está presidido por las grandes chimeneas industriales.

Entre las piezas que se pueden ver en el paseo provisionalmente figuran válvulas de conducciones de vapor (que podían llegar a resistir una presión de hasta 90 kilogramos y una temperatura de 510 grados centígrados), la carcasa de una bomba de impulsión, el soporte de un eje con rodamiento de rodillos cónicos, varias paletas de un molino de carbón, un motor de molinos de carbón para alimentar las calderas (cada una de las cinco calderas de la Térmica contaba con dos de estos motores), una bomba de impulsión de agua para alimentar la caldera y una bomba vertical de aspiración de agua salada para refrigerar el sistema y evitar sobrecalentamientos.

Aún no se sabe si todas ellas formarán parte de la selección final, aunque la intención de Rodríguez es que ninguna leyenda indique su procedencia, sino que cada pieza entable su propio diálogo con el transeúnte sin el lastre de su pasado.

El paseo se completa con las piezas procedentes de la antigua Ensidesa y que forman parte del paseo desde sus inicios. La más impresionante de todas ellas es una cuchara de arrabio, una gran cubeta que podía recoger hasta 80 toneladas de arrabio o material fundido. Junto a ella se encuentra las ruedas de una cuna del volcador de vagones, que se utilizaba para transportar los materiales con los que se alimentaba los altos hornos.

En la margen izquierda, el conjunto se completa con un cono de escoria, un recipiente que recogía las impurezas generadas durante la transformación del arrabio en acero. Las piezas procedentes de Ensidesa se cierran, ya en la margen derecha, con sendas lingoteras, unos moldes diseñados para crear lingotes del acero fundido.

Antón Capitel: «Los arquitectos de la época abominan de Luis Moya»

«Igual que había lucha de clases, había lucha de modelos educativos y la Laboral se apuntaba a uno basado en ir de lo concreto a lo abstracto, como teorizaría Jean Piaget», agrega Caldevilla, quien sostiene que el centro educativo gijonés cumplió sus objetivos a lo largo de los años: «Llegaban los alumnos con alpargatas y maletas de cartón; sólo podían ingresar los hijos de trabajadores, de mutualistas. Y salieron profesionales que en general han sido mandos intermedios en las empresas, en buenas posiciones y también en el campo de la docencia. Los objetivos se han conseguido, y sin desclasamiento».

Era precisamente el «desclasamiento» que podía provocar la Laboral una de las críticas al sistema de Girón. Venía a ser una censura a que el Ministro se consagrara «a la formación de obreros, porque consideraba muy problemática a la Universidad, que en aquellos años cincuenta estaba envuelta en huelgas y protestas», reflexiona Juan Velarde.

Era el obrerismo frente a la Universidad académica, pero esta contraatacaba: «A un alto cargo de la Universidad de Oviedo se le atribuyó en aquella época la frase de que "a la Universidad Laboral de Gijón van a acudir los alumnos vestidos de frac"», recuerda Ángel Caldevilla.

Resulta curioso observar que en la citada sesión crítica de arquitectos de 1955 uno de los asistentes, Juan Corominas, le espeta a Moya: «¿Es que tiene sentido acudir a las clases en una cuádriga romana?». La pregunta era mezcla de la crítica al desclasamiento y de censura hacia el clasicismo del proyecto. Por ello, Moya narró la anécdota del teatro popular francés y añadió: «Así que aquí parece muy justo que se haya querido un edificio concebido en la más noble arquitectura que se pudo hacer».

La sesión había resultado durísima. Corominas dice: «A Moya se le ha parado el reloj». Luis Gutiérrez Soto -uno de los grandes arquitectos de la época- agrega: «Moya tiene demasiadas maletas cargadas de cultura a la hora de proyectar».

Jenaro Cristos deplora «la insistencia en reproducir las formas clásicas, que no tienen nada que hacer aquí, porque hay excesivo goce para el erudito, que creo no viene a cuento, además de que es muy caro». Corominas insiste en su crítica al clasicismo del edificio: «No tiene sentido parangonarse con el efecto de las termas de Caracalla, o del atrio de Vitrubio, o de las genialidades de Palladio...». El arquitecto se refería, respectivamente, a las soluciones adoptadas por Moya en las cubiertas de los talleres, el acceso del atrio corintio o en las galerías laterales de la iglesia.

Otro asistente a la sesión crítica, Mariano García Morales, habla de la «estructura atormentada del conjunto»; Corominas lo denomina «edificio pesadote»; Julio Galán se pregunta «por qué todas las escaleras son curvas», y José Avelino Díaz Fernández-Omaña -entonces arquitecto municipal de Gijón- se pregunta «por qué la fachada principal da la espalda a Gijón».

Únicamente elogian los intervinientes en la sesión las piezas de arquitectura moderna del conjunto, caso del Paraninfo situado en la fachada Sur, según proyecto de Manuel López Mateos y de su esposa, María Juana Ontañón, a los que Moya había invitado a participar en la obra y les había dado total libertad.

Gutiérrez Soto concluye: «Tengo una idea tan caótica del edificio que no me atrevo a criticarlo».

El arquitecto asturiano Antón Capitel, principal estudioso de la obra de Moya, define así aquella sesión crítica: «Sus compañeros, los que podríamos haber creído partícipes de sus ideas, abominan de ellas y de su obra, y, arrepentidos ya de sus propias veleidades monumentalistas, se extrañan y escandalizan ante un hombre que, en el año que corre, es aún tan antiguo. Conviene recordar que, por ejemplo, a Luis Gutiérrez Soto se debe el Ministerio de Aire, en el distrito madrileño de Moncloa, una obra considerada como emblema del franquismo.

José Díez Canteli (Gijón, 1917) comentó a este periódico en 1998 que la sesión crítica «no le afectó especialmente ni, como se ha dicho, le hizo recluirse. Moya sabía hacer arquitectura moderna y la hizo después».

Pero el edificio de Cabueñes permanecería arquitectónicamente proscrito hasta 1976, cuando Capitel publica un artículo de referencia titulado «La Universidad Laboral de Gijón o el poder de las arquitecturas». En 1981 el Colegio de Arquitectos de Asturias convoca una nueva sesión crítica que, en cierto modo, restituye el valor de la obra de Moya, quien asiste a este encuentro a sus 77 años y casi ciego.

A las polémicas ideológicas y arquitectónicas se suma la famosa leyenda negra de la Laboral, que consta de varias ideas. Por ejemplo, «que los miembros de la Fundación José Antonio Girón llevaban el hierro para la obra por las mañanas y después volvían por la noche con metralletas para robarlo, o que los camiones entraban y salían sin control», según recordaba Díez Canteli hace unos años, aludiendo por ello a que esas historias parecían «una novela de Dick Turpin».

También se sostenía popularmente que se habían enriquecido deliberadamente ciertos propietarios expropiados para constituir el patrimonio de tierras de la Laboral, cerca de tres millones de metros cuadrados.

El colmo de la leyenda negra era que en la construcción de la Laboral trabajaron prisioneros de la guerra civil, como en el Valle de los Caídos.

Díez Canteli tiene respuesta para ello. «Las grandes empresas adjudicatarias de los 16 proyectos constructivos -Entrecanales, Govasa, Dicaminos, Constructora Internacional, Cubiertas, etcétera- ponían los materiales y tenían sus vigilantes de obra. Además, se peleaban entre ellas por conseguir los mejores albañiles, entre los que se contaban los canteros gallegos, que hacían un trabajo perfecto». El arquitecto gijonés también recuerda que «cada mes se medía toda la obra realizada desde el primer día, y no sólo la de las últimas semanas, con lo que, si los había, se corregían errores anteriores».

Cuando, a partir del cese de Girón, en febrero de 1957, el Tribunal Supremo investiga la Laboral, «Javier Huerta Vargas y otros peritos realizan una valoración del edificio construido y, al cotejar sus datos con lo que en realidad había costado la Laboral, vieron que había sido mucho más barata», recuerda finalmente Antón Capitel.

La Laboral, 1957: entre el ideal obrero de Girón, el desdén arquitectónico y la leyenda negra

Gijón, J. MORÁN LNE

El centro educativo de Cabueñes nace de ideas socialistas, pero choca con las críticas a su grandiosidad constructiva y se ve envuelto en acusaciones de corrupción

Luis Moya Blanco (1904-1990), el arquitecto que concibió el conjunto de la Universidad Laboral -construido entre 1948 y 1957, y de cuya interrupción de obras se cumplen ahora cincuenta años-, narró en cierta ocasión esta historia, que, a su vez, había escuchado a Eugenio D'Ors.


«En la época de entreguerras, un grupo de intelectuales franceses quiso organizar una campaña en favor del teatro popular. Fueron a los suburbios y en la más concurrida taberna se subió uno de ellos a una mesa y empezó a hablar: "El pueblo necesita su teatro; un teatro donde no se traten los líos entre marquesas tontas y vizcondes malvados, en salones llenos de lámparas de araña y de alfombras... El pueblo necesita un teatro que represente vuestras buhardillas, vuestros problemas, vuestra miseria...". Entonces, uno de los obreros allí presentes le interrumpió y gritó: "El pueblo lo será usted"».

Con este relato, Luis Moya respondía a los colegas arquitectos que en 1955 sometieron a la Laboral a una sesión crítica en la que censuraron con crudeza el estilo y grandiosidad adoptados en su proyecto. La sesión, celebrada en Gijón, sobre el terreno, fue recogida por la «Revista Nacional de Arquitectura», en su entrega de diciembre de ese año.

Ese texto constituía el veredicto más duro contra un edificio que desde octubre de 1955 albergaba a la primera promoción de alumnos de la Laboral, llegados desde toda España.

En particular, la evaluación negativa de los arquitectos sobre la obra de Moya iba a coincidir con el debate ideológico y social acerca de las universidades laborales, idea que el ministro de Trabajo, José Antonio Girón de Velasco (1911-1955), perfilaría definitivamente en noviembre de 1956, en un célebre discurso sobre estas instituciones que se iban creando en Sevilla, Córdoba, Tarragona y Gijón.
Con su retórica habitual, decía entonces Girón: «Camaradas trabajadores de toda España: ha llegado la hora. En este momento, el gran dispositivo de la ofensiva laboral se pone en marcha por orden del generalísimo de los ejércitos del trabajo, caudillo de la revolución nacional-sindicalista, Francisco Franco, que con este acto da comienzo a la segunda fase de la victoria contra la injusticia y contra la lucha de clases. Camaradas: atención.

Contened el aliento y confiad en Dios y en vuestro capitán, porque este es el instante decisivo para un milenio».

Con esta solemnidad discursiva nacían los centros educativos de Formación Profesional que Girón definía en otros textos programáticos como «gigantescas universidades laborales, castillos de la Reconquista nueva..., centros enormes donde se preparen obreros técnicamente mejores, hombres de arriba abajo, capacitados para todas las contiendas de la inteligencia, entrenados para todas las batallas del espíritu, de la política, del arte, del mando y del poder».

Era todo ello plasmación del obrerismo gironiano, o exaltación de la mano de obra trabajadora que en Asturias tenía el particular perfil de la minería, donde los accidentes producían decenas de muertos al año, y donde los huérfanos del grisú estaban a la orden del día.

Por ello, en Gijón el proyecto inicial había sido el de construir un Orfelinato Minero, y como tal se ejecutó desde 1948, pero en 1956 la idea giraba hacia una Universidad Laboral, lo que supuso transformaciones arquitectónicas en el edificio.

Pero Girón iba a degustar durante poco tiempo su ideal obrerista. Tres meses después de pronunciar el referido discurso, era cesado como ministro de Trabajo, el 25 de febrero de 1957.

El principal cargo contra Girón era en ese momento «lo que precisamente se acabó denominado el "error Girón", es decir, la medida de elevar desmedidamente los salarios por ley y provocar una fuerte subida de la inflación». Refiere este hecho el economista Juan Velarde, quien también explica lo acaecido en Gijón a continuación, cuando se paralizan las obras de la Laboral: «Esa obra inmensa recibía dinero de las Mutualidades Laborales, que eran el embrión de la Seguridad Social y del sistema de pensiones. Pero el problema era ése: que el dinero recaudado se invertía en obras y no se mantenía un fondo para pagar las jubilaciones. De seguir así, el sistema hubiera quebrado en pocos años».

Fue entonces cuando el nuevo ministro de Trabajo, Fermín San Orrio, cerró el grifo a la Laboral de Gijón. Sin embargo, la obra educativa seguiría funcionando porque había sido asumida por el nuevo Gobierno.

Miguel Ángel Caldevilla, ex alumno de la Laboral, y prejubilado como catedrático de Educación Secundaria y asesor para la formación permanente del profesorado de FP, estudia en la actualidad la historia de la Formación Profesional en Asturias.

«Lo primero que crea Girón a nivel nacional es la Escuela de Capacitación Social, una entidad que nace en 1941, cuando él llega al Ministerio, con 30 años. La idea es formar mandos intermedios para empresas estatales».

Caldevilla aporta un dato curioso: «Son responsables de esta entidad Andrés Ovejero, ex diputado socialista, amigo personal de Julián Besteiro y conocedor de la Institución Libre de Enseñanza; junto a unas personas apellidadas Blanco, ex anarquista, y Oca, que había sido militante de un sindicato vasco equivalente al actual LAB. Hay también dos jóvenes falangistas: Cristóbal Espín y Gabriel Ledesma». Lo que este equipo diseña «se lo traslada Carlos Pinilla, subsecretario del Ministerio, a Girón de Velasco para ser aplicado en el Orfelinato Minero que estaba naciendo en Gijón».

Es entonces «cuando el ministro piensa en el padre jesuita Valentín García para aplicar el proyecto educativo en el edificio que se construía en Cabueñes. José Antonio Girón y Valentín García habían sido condiscípulos en el Colegio de la Compañía de Jesús de Valladolid y se conocían mucho».

Pero había otro dato a favor del jesuita. «Durante la República, Valentín García había estado exiliado en Charleroi, cerca de Bruselas, donde había conocido la Universidad del Trabajo, un proyecto de origen socialista, con las raíces en el sindicalismo centroeuropeo. Por tanto, conocía ya instituciones dedicadas a la formación de los obreros, centrada en el propio trabajo y en la práctica laboral», señala Miguel Ángel Caldevilla.

Asturias 1957

Los tiempos que rodean 1957 y el cambio de Gobierno que se operó el 25 de febrero de ese año -con la entrada de ministros tecnócratas y el desplazamiento de los falangistas- iban a suponer, según el historiador gijonés Luis Suárez, el embrión de «la transición española de 1975».

Sin embargo, este optimista dictamen va a chocar en Asturias con las repercusiones del aperturismo económico, que marcó desde entonces «el declive de la región hasta el presente», tal como asegura el economista asturiano Juan Velarde (Salas, 1927), catedrático emérito de la Complutense, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas, consejero del Tribunal de Cuentas y premio «Príncipe de Asturias» de Ciencias Sociales en 1992.

Febrero de 1957 tendrá consecuencias en Asturias, pero más bien en términos «políticos nacionales», comenta Luis Suárez (Gijón, 1924), catedrático emérito de Historia Medieval de la Universidad Autónoma de Madrid, miembro de la Academia de la Historia y Premio Nacional de Historia 2001.

En Asturias habrá consecuencias con la sustitución, en julio de 1957, del gobernador civil Francisco Labadie Otermin por Marcos Peña Royo.

También habrá una repercusión constructiva importante: la interrupción de obras de la Universidad Laboral de Gijón, niña de los ojos de José Antonio Girón de Velasco, que cesa como ministro de Trabajo y es sustituido por Fermín Sanz Orrio.

Precisamente en el gabinete técnico de este último ministro hay un joven economista que realiza informes sobre la financiación de las obras gijonesas mediante los fondos de las Mutualidades Laborales, embrión de la Seguridad Social, que nacería en 1963.

Velarde asegura hoy, como lo hizo hace cincuenta años, que «aquella financiación de la Laboral era un grandísimo error».

Pero los impactos en Asturias de la nueva economía «tecnócrata» harían palidecer lo acaecido con el colosal edificio de Cabueñes. En el marco general español, lo que sucede es que «se suele hablar del régimen de Franco como si hubiera sido una unidad y, en realidad, se suceden tres regímenes distintos: uno, que dura hasta 1943-1944, en el que hay inclinaciones hacia una especie de totalitarismo, porque es lo que se estaba imponiendo en Europa. Pero del año 1944 en adelante hay una influencia de lo que va a ser en Italia la democracia cristiana; es la época de Ibáñez Martín, de Martín Artajo, de los Propagandistas y de Acción Católica».

Suárez prosigue con que «en torno a 1955 y 1956, coincidiendo con el revés político de la independencia de Marruecos y con dificultades económicas que se traducen en huelgas, hay un intento del Movimiento de dar marcha atrás y volver al pasado».

Será el «plan Arrese», ministro secretario del Movimiento, que resultará prácticamente desechado por la Iglesia y por todo el Gobierno, a causa de la orientación totalitaria de dicho plan.

En su lugar, «en 1957 empieza, en realidad, la transición española con el nuevo Gobierno, que lo primero que otorga es libertad económica, y del sistema proteccionista se va a pasar al sistema de libre competencia con el plan de estabilización, primero, y, después, con los planes de desarrollo, que tienen un gran éxito». Suárez agrega que «además se está preparando el camino hacia la Monarquía, porque éste es el momento en el que don Juan de Borbón consigue uno de sus grandes éxitos, que es ser reconocido por la parcela más valiosa del Tradicionalismo como el depositario único de la legitimidad dinástica».

Sin embargo, «lo que sí duda Franco es si mejor Juan de Borbón, en el que no tenía mucha confianza, o si Juan Carlos, que es lo que opinan muchos de los que rodean a Carrero Blanco, que a partir de 1957 va a tener un papel de gran protagonismo».

Según todo ello, resultaría que «en 1957 se produce un cambio de Gobierno que viene a ser como un cambio de sistema; es la entrada de Castiella, de Ullastres, es el momento en que cambia la situación económica y empieza el camino hacia la prosperidad».

Así, se esperaba «un sistema constitucional en el que, como en Norteamérica, hubiera un reconocimiento de principios inconmovibles; se llamaron los Principios del Movimiento, y ahí fue donde probablemente estuvo el error, porque eran los principios del Estado, es decir, la unidad nacional, la obediencia a las autoridades, la confesionalidad del Estado, que es lo que no se debía discutir».

En cambio, habría «leyes fundamentales para la organización del Estado, de las Cortes, para todo lo demás. Después, en un plazo de diez u once años va a llegar a la decisión de proclamar a Juan Carlos como sucesor. Es una fecha sumamente importante y este punto de vista lo compartimos muchos historiadores».

Por ello «ahí empieza lo que será la transición del 75, que es cuando se consuman las cosas: proclamar a Juan Carlos y reunir las Cortes, que no se titulan constituyentes, pero van a operar de la misma manera. Pensar que todo empezó en 1975 es un error mayúsculo», sentencia Luis Suárez.

En cuanto a Asturias, «en 1957 hubo opciones que se sacrificaron, como la de Girón, que había tenido una gran popularidad, pero se veía que ya no comulgaba con las directrices de entonces. Puede que ayudara algo el escándalo de la Universidad Laboral en la caída de Girón, pero yo no creo que tuviera culpa ninguna».

Eso en cuanto a las cuestiones políticas. Juan Velarde analiza las económicas. «De 1952 a 1958 España crece al 4,35 por ciento anual, que es una barbaridad. Lo hace mediante "el desarrollo hacia adentro" y sube el nivel de vida y los españoles pasan a estar bien alimentados».

A causa de ello «se necesita importar muchos más productos y se acumula un déficit creciente que de pronto estalla en 1958 y el 1959, cuando se esfuman la reservas de divisas».

Pero antes, «en 1953, Foster Dulles, secretario de Estado de EE UU, ya le había dicho a Franco que España tiene que ser aliado y Norteamérica no abandona jamás a ningún aliado si va haciendo una política favorable. Vinieron créditos, préstamos, subvenciones, un planecito Marshall, y se produce el aperturismo».

Pero resulta que por aquel entonces «Asturias ve cómo se pasa del carbón al petróleo como fuente energética esencial a dólar y pico el barril, y la economía regional comienza a caer hasta 1959, que se desploma».

Por otra parte, «el ministro Navarro Rubio bloquea el gasto público y pone el equilibrio presupuestario por encima de todo», agrega Velarde. «Y las alegres contrataciones del INI en la época de Suances se acaban, y en siderurgia logra maniobrar el mundo vasco para tener prioridad sobre Asturias, porque operan con más agilidad. La región empieza a quedar arrinconada».

El resultado es diáfano: «En 1955, Asturias es la séptima región de España y baja bruscamente en 1960 al puesto 15.º. Empieza el declive y Asturias va retrocediendo y siempre irá por debajo de la tasa española de crecimiento y va perdiendo posiciones continuamente. Ahora mismo, sólo hay doce provincias por debajo de ella, de 52, así que ocupa el número cuarenta», recalca Velarde.

En el plano más propio de Girón de Velasco, Juan Velarde también tiene apreciaciones salidas de su paso por el Ministerio de Trabajo en aquellos años.

El nombramiento de Jovellanos como ministro de Gracia y Justicia terminó con sus años de sosiego

Como los Viejos Reyes . LNE

Como en los tiempos de los reyes antiguos, llegó el día en que Jovellanos hubo de abandonar su tierra; él lo refiere en su diario el 16 de octubre de 1797, con pesadumbre y malos presentimientos: «Me había retirado yo (en Pola de Lena) a escribir en el informe al señor Lángara, cuando oí que acababa de llegar de Oviedo mi sobrino Baltasar y el oficial Linares. Iba a salir cuando éste entró, ofreciéndome sus brazos y dándome la enhorabuena "¿Como?".

"Está usted hecho embajador de Rusia". Lo tengo a burla; se afirma en ello. "Hombre, me da usted un pistoletazo. ¡Yo a Rusia! ¡O, mi Dios". Se sorprende, cuida de sosegarme; entramos al cuarto de la señora. Baltasar confirma la triste noticia. Me da las cartas; abro temblando dos con sello: una de Lángara, otra de Cifuentes; ambas enhorabuena con otras mil; nada de oficio; mil otras. Luego un propio enviado por el administrador Faes. Varias cartas, entre ellas el nombramiento de oficio. Cuanto más lo pienso, más crece mi desolación. De un lado lo que dejo, de otro el destino a que voy; mi edad, mi pobreza, mi inexperiencia en negocios públicos, mis hábitos de vida dulce y tranquila. La noche cruel».

Probablemente quienes decidieron el nombramiento no habían encontrado otro lugar más lejano. ¿No había calificado el comisionado Jacinto Avella Fuertes a Asturias como la "Siberia de España", y el propio Jovellanos convenía en ello? Por lo tanto, no debe resultar extraño que después de haberle hecho permanecer algunos años en Asturias, la enviaran al cabo a la cabeza de la propia Siberia. Terminaba el período más sosegado de su vida, el más productivo tanto en lucubraciones teóricas como en propuestas prácticas, con sello y firma del rey, y sus «hábitos de vida dulce y tranquila» y esto es lo que Jovellanos más lamentaba. Fernando Vela imagina en una hermosa página un día de Jovellanos en Gijón: «Lo primero que hace don Gaspar Melchor de Jovellanos, en cuanto se levanta, es subir a su torre y mirarles la cara al cielo y al mar. Luego, como el capitán de un barco en el cuaderno de bitácora, escribe en su diario: "Un navío por San Lorenzo; gran trueno a las ocho y media, nubes blancas por la parte de Oviedo, lluvia mansa que sigue". Gusta Jovellanos, como el señor de Montaigne, de estarse largas horas en esta torre consigo mismo».

Después abre el correo, le escribe a Sardings sobre los excesos revolucionarios («llevar más adelante las reformas sería ir hacia atrás»), lee algún artículo en el Diccionario de Historia Natural de Bomare y algunas páginas de Rousseau, de quien, no obstante, abomina por su inquina hacia la civilización, como si se tratara de un «progre» del presente, y calcula con su amigo Pedrayes, el matemático, la latitud geográfica de Gijón. Después sale a dar largos paseos por los alrededores, porque, como continúa Vela, «Jovellanos es un paseante infatigable. En cuanto come, sale de paseo. ¿Adónde? Sale "a ver"; este hombre de índole goethiana sale a ver, se entrega al puro goce de mirar; al ver las cosas le parece que las dibuja, que las perfila como un buril sobre el cobre.

Va al cerro de Santa Catalina "a ver un navío y dos fragatas de guerra que navegan distantes contra el viento", o monta a caballo y se va lejos, a Cabueñes, "a ver la bellísima espinera que está tras la casa de don Antonio Carreño; está cuajada de flores". O coge un libro y pasea a la orilla del mar; a veces, la esfinge invisible del horizonte fascina su mirada; otras, pensativo en la orilla, las olas le vencen y dominan, y su pensamiento flota ahogado entre dos aguas y el alma, abandonada, se le va a la deriva».

A la caída de la tarde visita el Instituto, y ya de noche vuelve a subir al cerro de Santa Catalina. De nuevo en la torre, lee a Tácito a la luz de una vela, mientras afuera cae la lluvia mansa y él, «con la mano en la sien, sigue el pulso de sus meditaciones».

La verdadera felicidad es la rutina, y todo cambio trae la desgracia; por eso Charles Lamb, que apreciaba extraordinariamente el sosiego, afirmó que «toda alteración en este mundo mío me desconcierta y me confunde». El mundo de Jovellanos, cuidadosamente edificado, se derrumba con un nombramiento que hubiera hecho feliz a otro. Jovellanos se da cuenta de todo a lo que ha de renunciar desde el primer momento, e intuye que no es sólo eso lo que puede perder: de ahí su desolación. Como escribe Ceán Bermúdez: «Desde aquí principian las desgracias del señor don Gaspar, pues aunque algunos las cuentan desde que salió honestamente desterrado a Gijón en 1790, juzgándole infeliz, nunca fue más dichoso, ni vivió más contento que en aquella residencia. Los que con buena intención contribuyeron a arrancarle de ella para elevarle a más alto y distinguido destino le precipitaron en la sima de las pesadumbres, de las persecuciones y de todo género de males que le siguieron hasta la muerte».


El nombramiento obedece a una iniciativa de Godoy para que el rey Carlos IV «depusiese las viejas prevenciones y le llamase a su servicio», según manifiesta en sus «Memorias», en las que reconoce que la Embajada en Rusia no tenía otro sentido que el de ser el paso previo para confiar a Jovellanos una cartera ministerial; por lo demás, éste, pese a sus quejas en 1797, había pretendido marchar como embajador a la Corte de San Petersburgo en 1783.


Aunque, según apunta José Caso, «la documentación existente demuestra que las cosas no fueron exactamente así, que Godoy pensaba realmente en Jovellanos para embajador porque lo consideraba un hombre de enorme prestigio. No se trataba, por tanto, de alejar a Jovellanos de España, ni tampoco de ninguna intriga de corte, sino de un asunto bien meditado, en el que Godoy tenía bastante interés. Cabarrús, que tuvo mucho que ver en todo ese asunto, recordó, quizá, el intento de Jovellanos de ir de embajador a Rusia en 1783».

Sin renunciar al nombramiento Jovellanos le hace a Godoy por carta algunas de las objeciones que había consignado en su diario, insinuándole un destino más en consonancia con su «pobreza, edad, hábitos y la misma oscuridad en que he pasado los últimos siete años de ella», aunque también admite que «si Petersburgo estuviese a doble distancia, si ese clima fuese el de los polos, si en ellos me respetasen la aflicción y la muerte, nada me arredraría, tratándose de servir a mi patria y responder a la generosidad de V. E.».

Uno de los obstáculos que más parecen preocupar a Jovellanos es el largo viaje hasta Rusia; se lo ahorra el nombramiento como ministro de Gracia y Justicia, que recibe el 13 de noviembre, expresándose en el diario en términos parecidos a los anotados al saberse embajador en Rusia: «Oyéronse cascabeles; el hortelano dijo que entraba una posta de Madrid; creímoslo chanza de algún amigo; el administrador de correos, Faes, entrega un pliego con el nombramiento del Ministerio de Gracia y Justicia. ¡Adiós felicidad, adiós quietud para siempre! Empieza la bulla, la venida de amigos y la de los que quieren parecerlo; gritos, abrazos, mientras yo, abatido, voy a entrar en una carrera difícil, turbulenta, peligrosa. Mi consuelo, la esperanza de comprar con ella la restauración del dulce retiro en que escribo esto; haré el bien, evitaré el mal que pueda. ¡Dichoso yo si vuelvo inocente, dichoso si conservo el amor y la opinión del público que pude ganar en la vida oscura y privada!».

No volverá a disfrutar de sosiego y en los años que siguen las dificultades y los trabajos se acumulan mientras el horizonte se le cierra con nubarrones negros. Acababa de poner la primera piedra del nuevo edificio del Instituto Asturiano precisamente la víspera de su nombramiento como ministro; como si se tratara de una extraña ceremonia de despedida. El 15 de noviembre emprende el viaje hacia El Escorial, toma posesión del Ministerio el día 23. Hemos de creer que rebosaba de buenos sentimientos y magníficas intenciones; pero no se consigue ser un buen gobernante sólo con buenas intenciones.

Antes de que termine el año intentan envenenarlo con plomo; finalmente, el 15 de agosto de 1798, cesa como ministro y después de una estancia en Trillo, donde intenta recuperar la salud perdida, el 27 de octubre regresa a Gijón. Pese a que pronuncia en el Instituto un importante discurso sobre las ciencias naturales y la geografía histórica, las cosas no son ya como antes. El 13 de mayo de 1801 es arrestado en su casa y conducido a Mallorca, donde permanecerá confinado en la cartuja de Valldemosa primero y en el castillo de Bellver después. Son años de dolor y de excelente prosa prerromántica. A diferencia de los antiguos reyes, Jovellanos regresa a su tierra, bien que en circunstancias dramáticas. Huyendo de ella, muere en Puerto Vega, el 28 de noviembre de 1811.

lunes, marzo 05, 2007

Regionalismo asturiano en la arquitectura del siglo XX

El Regionalismo arquitectónico en Asturias y en España es una realidad que, con mayor o menor contenido teórico, con más o menos profundidad o frivolidad emerge en diversas ocasiones a lo largo de la recién terminada centuria. En concreto encontramos su fuerte presencia en la segunda y tercera décadas del siglo XX, para reaparecer con carga ideológica inequívoca tras la guerra civil. Y curiosamente, desde la década de los 90, y en una tendencia que permanece hoy en día, resurge. Pero lo hace de la más superficial de las maneras posibles: es la búsqueda romántica de una realidad popular-rural que nunca existió; es la utilización melancólica de una imagen, con vistas a su explotación turística.

A partir de la segunda década del siglo XX la arquitectura española tenderá a una búsqueda de la tradición regional y nacional, volviendo los ojos al Regeneracionismo surgido tras la crisis del 98. Se plantea no ya un imitar el pasado, sino adaptarlo a las nuevas necesidades.

Centrándonos en Asturias, no podemos prescindir aquí de lo que supuso un Regionalismo literario y artístico que amalgama los impulsos descentralizadores con los más reaccionarios de retorno a las tradiciones populares, el ruralismo, etcétera.

En nuestra región, hablar de arquitectura regionalista supone necesariamente referirse a lo montañés, auténtico protagonista de este movimiento en nuestra región, frente a la construcción autóctona más sobria y menos ostentosa por tanto. Ejemplos hay muchos, rurales como el palacio de Sotiello en Sevares (Piloña) o urbanos como La Gota de Leche de Gijón. Estudios también, sobre todo los de los profesores Morales Saro y Alonso Pereira.

La inconsistencia de la propuesta regionalista en la arquitectura asturiana de estos años se evidencia en el hecho de que el nuevo lenguaje alterne con otros en obras coetáneas de los mismos arquitectos. Asimismo, se pone de manifiesto en la rapidez con que los principales representantes de esta corriente evolucionarán hacia otras vías.

Durante la década de los 30, coincidiendo con los aires de libertad que trae la Segunda República, España y Asturias se suman a la modernidad del Estilo Internacional. Pero, la arquitectura del Racionalismo, al menos en el aspecto formal, se diluirá con la guerra civil.

Y llega no ya la paz, sino la victoria, cómo dice uno de los personajes de la obra de Fernán Gómez, «Las bicicletas son para el verano». El fin de la contienda y el profundo giro político que conlleva afectará no sólo a la economía y la sociedad española, sino que también las repercusiones culturales serán tremendas. Y de nuevo nos encontramos con el resurgir de postulados regionalistas.

En arquitectura, destaca el empleo de soluciones ruralizantes para vivienda en núcleos de población, como ya ocurriera durante el cambio del siglo XIX al XX. Ese mirar al campo que comparten los fascismos europeos de la época, dejando casi las ciudades como símbolos imperiales con avenidas procesionales.

Pero será la cuestión estética y la ideología que la sustenta lo que nos demuestra más nítidamente la esquizofrenia en temas constructivos. Así, dos serán las tendencias fundamentales entre los teóricos del régimen: por una parte aquellos que consideran que una arquitectura falangista pasa por el casticismo regionalista, por la exaltación de formas ruralizantes, por el retorno en fin a lenguajes propios de los años 20. Será ésta la vía que más consecuencias tendrá en la práctica, pero no la única. La preconizada por otros autores y que mejor encarnaría los postulados nacionalsindicalistas será un volver la vista a lo más glorioso del pasado nacional: el Imperio, Herrera y El Escorial.

En realidad, la pomposidad oficial queda para la ostentación del poder como ocurre en el Valle de los Caídos o la Universidad Laboral de Gijón. Mientras, para el ámbito doméstico se acudirá a planteamientos regionalistas, que en el caso asturiano van desde lo montañés a lo popular-rural, como se evidencia en numerosos inmuebles urbanos o barrios enteros de viviendas como Llaranes en Avilés. Aunque, de todas formas, esto muchas veces será puro fachadismo, pues el pragmatismo hace acudir a materiales y técnicas constructivas modernas, que abaratan costes.

Tras la etapa autárquica, a partir de los años 50, la arquitectura española, y por tanto la asturiana, va poco a poco sumándose a la modernidad, lo que se intensificará con el desarrollismo y después la llegada de la democracia.

Por ello, sorprende la eclosión de un nuevo Regionalismo, o mejor la fortaleza de una tendencia latente a partir de los años 90 en las zonas rurales españolas, especialmente en la arquitectura destinada a usos hoteleros. Esto contrasta con una clara apuesta por la modernidad que se evidenció durante la década de los ochenta, y también con la actitud de arquitectos que actualmente reivindican para este tipo de construcciones las aportaciones del Movimiento Moderno, el respeto medioambiental y planteamientos bioclimáticos. Es destacable cómo en cada comunidad autónoma proliferan establecimientos edificados a modo de pastiches que ofertan todos los tópicos que el turista espera encontrar: casitas encaladas y rejas en las ventanas en el caso andaluz; galerías de madera, piedra vista y tejado a vertientes en el NorteÉ De hecho, es la presentación de un mundo rural idealizado y edulcorado que realmente nunca existió; pero que se expone como la esencia de lo autóctono. Y es que el imaginario colectivo se vuelve a idílicas imágenes de apacibles aldeas, tal cómo se quiere que hubieran sido los pueblos de España en un pasado soñado.
Es reseñable que además de los edificios de nueva planta levantados siguiendo esta tendencia, aparecen otros fruto de rehabilitaciones más o menos románticas; y todo en conjunto genera un paisaje de un tipismo anacrónico y ficticio que parece olvidar más de un siglo de logros arquitectónicos y urbanísticos. Un regionalismo perverso que obvia todo lo relacionado con la modernidad, la industrialización, el ferrocarril o lo urbano, para quedarse con un conjunto de elementos folklóricos y vacuos.

En Asturias proliferan construcciones destinadas a consumo hotelero rematadas en teja o pizarra, según la zona, y dejando la piedra vista. Y esto último tanto en edificaciones de nueva planta como La Quintana del Cuera o La Llúriga en Llanes, donde las más de las veces se recurre a un mero aplacado que oculta la modernidad del material constructivo real, como en las rehabilitaciones de viviendas tradicionales. En este último caso se da además la paradoja de que lo normal en los siglos anteriores al XX era dejar únicamente al descubierto los sillares perfectamente escuadrados de ángulos y marcaciones de vanos, enluciendo la mampostería para ocultar su pobreza. Ahora no. Ahora, en los inicios del siglo XXI se muestran sin pudor unos paramentos irregulares, nacidos para ser ocultados, traicionando los más elementales aspectos visuales de la arquitectura de las centurias precedentes. Y ello haciendo frente a una demanda que es esto lo que busca, pese a lo de falseamiento histórico que conlleva y de afrenta a los mínimos requeridos para un turismo sostenible al impedir la intergeneracionalidad. Así, el legado que se deja será un invento creado a imagen de un gusto concreto arbitrario y más que cuestionable. Una moda que construye las fantasías concebidas como reales a partir del cine o los folletos turísticos. Y es que, además, esa imagen distorsionada de la realidad asturiana es algo recurrente. Así, al hablar de la cultura regional inmediatamente evocamos imágenes de verdes montañas, florecidas pomaradas, hórreos y paciente actividad ganadera. Sin embargo, también Asturias es la siderurgia, cómo no la minería; una Revolución en 1934 que marcó vidas, humos y huelgas, una Universidad con siglos de tradición y mucho más que un mundo agropecuario dudosamente idílico. Por ello, es una clara distorsión de la realidad buscar lo autóctono en un neorregionalismo de aleros y materiales tradicionales; cuando no lo es menos el riquísimo patrimonio industrial asturiano que salpica amplias zonas del campo asturiano.

Años 20, autarquía y década de los 90. Tres momentos así en que resurge una tendencia conservadora nacionalista o regionalista, siempre en tensión dialéctica con otra corriente vanguardista, sin tratarse de algo privativo de Asturias, ya que afecta a todo el territorio nacional e incluso a Europa. Son lenguajes que aluden directamente a un mundo rural, más o menos soñado, y que no conciben la cultura autóctona industrializada o urbana.

Orense: Ruta de las minas de Trabisquedo - Pentes - A Gudiña



Ruta por los vestigios de estas desconocidas minas y sus construcciones. No disponemos de la información exacta, pero podrian haber sido de Estaño

Google 3 D - Modelos destacados

Nuestro colaborador José Manuel Gonzalez Iglesias, autor del Castillete de Arnao, nuevo logotipo de Monsacro.net, ha sido calificado por Google como creador de modelos destacados.

Felicitamos a José Manuel, y además es un orgullo para esta página tener colaboradores de ese nivel.

jueves, marzo 01, 2007

«Las ideas que había de la Laboral eran como una novela de Dick Turpin», afirma el arquitecto Díez Canteli

Fragmento del mural del teatro de la Laboral, con los impulsores y ejecutores de la obra: por la izquierda, sentados, Girón, el general Juan Yagüe y Carlos Pinilla; de pie, Fernando Cangas, José Luis Álvarez Castro, Domingo Hernández, José María Fernández -el «Ponticu»-, Luis Moya, José Díez Canteli, Enrique Segura y Manuel Laviada.
marcos león


Los tres cardenales habían recibido, muy probablemente -dice Suárez-, indicaciones del Vaticano y se las trasmiten a Franco en diciembre de 1957: el régimen ha de alejarse tanto de la democracia liberal parlamentaria como del partido único totalitario. La solución: democracia orgánica, una idea que Franco barruntaba desde 1952.

Pero a estas consideraciones se imponía otra. El Movimiento se resquebrajaba, según un informe titulado «Panorama político actual» que Carrero Blanco -subsecretario de la Presidencia del Consejo- ofreció a Franco en 1957. El régimen se dividía en «carlistas integristas, monárquicos liberales, falangistas de izquierda y demócratas cristianos», según cita Luis Suárez.

Además, Carrero Blanco temía la reorganización «de los sectores políticos que constituyeran en otro tiempo el Frente Popular».

En suma, el régimen estaba siendo una abigarrada mezcla de militares, «primorriveristas», tradicionalistas, monárquicos, falangistas -especialmente, los «camisas viejas», incorporados al partido antes del 18 de julio del 36-, católicos, integristas, tecnócratas y técnicos, según clasificación de Amando de Miguel en su «Sociología del franquismo».

Y, desde fuera, Estados Unidos quería liberalismo para España, incluso democracia de partidos. Los americanos pesaban mucho. Las relaciones diplomáticas con EE UU se habían restablecido en 1951 y sus créditos reactivaban la economía nacional. En 1953 se había firmado el Concordato con la Santa Sede y desde 1955 España era miembro de la ONU.

Todo ello suponía un continuo roce con Occidente y el capitalismo, de manera que la orientación liberal estaba cantada. Además, Franco quería menos política -en realidad, menos luchas políticas intestinas- y más técnica económica en su Gobierno.

Y así llegaron los tecnócratas al Consejo de Ministros, el 25 de febrero de 1957, y lo primero que abordaron fue el saneamiento de la peseta -fijada después en 42 por dólar- y de los créditos.

Los tecnócratas venían criticando desde hacía tiempo que en el gabinete anterior cada ministro hubiera ido por su lado, y ello significaba señalar muy especialmente a Girón de Velasco, quien en 1956, y ante el temor a las huelgas, convocó un consejo urgente de ministros con el fin de aprobar una subida salarial del 23 por ciento.

Franco le dejaba hacer, como había sucedido antes con el «león de Fuengirola» y sus relaciones con Asturias, incluido su proyecto de Universidad Laboral en Gijón, cuyo coste global superaba los 600 millones de pesetas, «lo mismo que un B-52 de los americanos», según frase del padre Valentín García, primer rector jesuita de la Laboral desde 1955.

Pero la subida de sueldos de Girón había disparado la inflación en España y, encima, hubo huelgas. Con todo, apunta Luis Suárez, el ministro de Trabajo había tratado «de defender a toda costa la estabilidad de los obreros en sus puestos de trabajo, así como el poder adquisitivo de sus salarios», y por ello había ganado «un gran prestigio», de tal modo que «representaba entonces la realización de una política falangista empeñada en poner a la empresa e, incluso, al Estado al servicio del hombre y no al contrario».

Las referidas huelgas de esos años críticos, por lo que toca a Asturias, se habían producido en Mina La Camocha, de Gijón, y en las Cuencas, concretamente entre enero y marzo de 1957. El gobernador civil, Francisco Labadíe Otermín -réplica regional del populista Girón-, visitó entonces algunos tajos en conflicto y ello disgustó al estamento militar y a la oligarquía regional.

Labadíe había llegado a Asturias en 1950, con la misión de revitalizar la Falange en la región. Santanderino, había estudiado Derecho en Oviedo,

El 3 de julio de 1957 lo sustituye como gobernador Marcos Peña Royo, abogado del Estado. El veterano periodista gijonés Juan Ramón Pérez Las Clotas señala en este punto que «el control político de Asturias lo asume desde Madrid Camilo Alonso Vega, nuevo ministro de Gobernación, del cual Peña Royo era agente».

Labadíe era una de las piezas que caía detrás de Girón. Pero caería otra más, y con estrépito.

El nuevo ministro de Trabajo, Fermín Sanz Orrio, manda suspender las obras de la Universidad Laboral y, a partir de ese momento, «los enemigos políticos del equipo cesado -el gironista- y del patronato gijonés de la Fundación José Antonio Girón logran poner en marcha una investigación sobre posibles prevaricaciones de fondos», explica en uno de sus estudios sobre la Laboral el arquitecto Antón González Capitel, de origen asturiano y principal especialista en la obra de Luis Moya.

Otro de los arquitectos de aquella obra era el gijonés José Díez Canteli, que en la actualidad cuenta 89 años y que el 1 de abril de 1998 -cincuentenario del comienzo de construcción de la Laboral- señaló a LA NUEVA ESPAÑA que «las ideas que entonces había sobre el edificio eran como novelas de Dick Turpin: decían que los camiones entraban por una puerta y salían por otra con la carga destinada al estraperlo». Ésa era parte de la leyenda negra de la Laboral que, según refiere Capitel, es investigada inmediatamente por el Tribunal Supremo, siendo nombrados como miembros de la «comisión técnica inspectora, entre otros, los arquitectos Javier Lahuerta y Luis Rodríguez Hernández».

Lahuerta le explicó a Capitel en los años ochenta algunos detalles de aquella investigación, según la cual «la obra era simplemente muy grande y su aspecto, insólito e imponente; pero la única responsabilidad a juzgar sería la decisión de haberla construido, pues no era cara: no había márgenes para irregularidades».
El informe del Supremo incluso recoge admiración por la «baratura de la obra», consecuencia, por ejemplo, de que se asentase sobre una planicie de roca y no necesitase obra de cimentación, salvo bajo la torre, casualmente.
Pero la investigación del Tribunal Supremo no se detuvo ahí, sino que halló irregularidades en la granja de La Lloreda, obra complementaria de la Laboral, construida entre el Infanzón y el límite de Gijón con Villaviciosa, y hoy campo municipal de golf, en parte. La Lloreda había centrado otros capítulos de la leyenda negra de la Laboral. Por ejemplo, de la casa solariega que existía en esa finca -antigua propiedad de la familia Vereterra; después, residencia de invitados de la Laboral, y hoy, hotel- se decía popularmente que contenía la «cama adoselada de Girón», con todas las connotaciones que de ello se quieran extraer, aunque inverificables.
Pero las irregularidades de La Lloreda fueron más sencillas. A José María Fernández, el «Ponticu» -gironiano, populista, empresario minero, «grandón» gijonés-, se le acusó de la venta irregular de una vaca y de distraer obreros de Laboral para hacerse un camino hacia su chalé particular, también situado en Cabueñes.

Girón viene al juicio como testigo y defiende durante una hora a su hombre y amigo, pero cada palabra suya es una palada de tierra. «Y condenaron al Ponticu y pasó varios meses en la cárcel gijonesa de El Coto», recuerda Pérez Las Clotas, quien como redactor jefe de LA NUEVA ESPAÑA cubrió la información del juicio. El gozne había girado de todo en Asturias

La escuela, cantera de obreros


Violeta Fernández repasa en un libro las claves del paternalismo industrial en la educación de hace un siglo
(Fotografías de Bustiello)

Enero de 1906. La «Huelgona» de Mieres está a punto de estallar. Xuacu abandona su casa en Ujo a las ocho de la mañana y toma el camino más corto para acudir a la escuela de Bustiello. El colegio, como muchos otros de las comarcas mineras, pertenece a la Sociedad Hullera Española, una de las compañías más importantes de las Cuencas.

Su padre trabaja en una de las minas de la sociedad, por lo que envía a su hijo al centro más cercano. Como siempre, llega tarde. Xuacu está preocupado porque los profesores de los Hermanos de la Doctrina Cristiana, que impartían las clases, tienen muy en cuenta la puntualidad y el orden como principios de moral y del comportamiento cívico. Pueden amonestar a todo el que lo incumpla.

Al pensar en la oración, el aseo y el repaso de lecciones que tiene a primera hora, Xuacu tiene la tentación de no asistir, aunque sabe que luego tendría problemas en casa...


Xuacu es un nombre ficticio, pero podría ser uno de los niños que vivió entre el 1880 y el 1936 en las comarcas mineras, un período de apogeo industrial como consecuencia de la llegada de las empresas mineras y metalúrgicas. En la actualidad, las sociedades como Hunosa y Duro Felguera aún conservan los archivos de la época que han servido a Violeta Álvarez, profesora de la Facultad de Ciencias de la Educación de Oviedo, como fondo documental para realizar su tesis sobre la importancia de la enseñanza en las Cuencas a finales del siglo XIX y principios del XX.

Su trabajo de investigación, único en España, ha sido publicado recientemente en colaboración con la empresa Hunosa bajo el título «La escuela del paternalismo industrial asturiano 1880-1936». La obra se centra en una idea básica: la necesidad de los patronos de formar personas capaces de trabajar sin cuestionar las decisiones de las empresas.

Según expone Álvarez en el libro, los patronos utilizaron la educación (reglada para los niños, y fuera del horario laboral, para los trabajadores) como herramienta básica para conseguir este arraigo por parte del obrero y dejar de lado cualquier otro «entretenimiento» distinto al laboral. «Los espacios de ocio también estaban controlados», según la autora.

La autora mantiene que los servicios creados por los empresarios de la época servían de control a los obreros. Un ejemplo es la Caja de Socorros creada por los industriales, una especie de Caja de Ahorros donde los obreros tenían el dinero. De la «paga», la empresa les quitaba un dos por ciento para destinarlo a las escuelas de las que eran dueños.

El economato y las cooperativas son otros ejemplos. Según Álvarez, en la comarca del Caudal existían más economatos y el Nalón era más propenso a cooperativas. Los dos vendían alimentos con «cartilla» a los obreros de las fábricas y les «hacían depender» de las empresas a la hora de alimentarse. Para la autora, en las Cuencas existían dos formas de ejercer el paternalismo industrial: el Caudal estaba dominado por el marqués de Comillas, lo que creaba un estado «patriarcal», mientras que en el Nalón confluían diversas empresas, siendo más liberales. Esta distinción también influía en las escuelas.


Órdenes religiosas


Colegios como la Salle, en La Felguera y Ciaño; el Aniceto Sela, en Mieres; o las escuelas de Caborana, en Aller, nacieron ante la necesidad de educar a obreros y servir de «cantera» para seleccionar trabajadores. Para ello, los patronos, según relata la autora, solicitaron ayuda a determinadas órdenes religiosas, como los Hermanos de la Doctrina Cristiana y las Dominicas, con el fin de inculcar una «moral dócil» a los niños, además de abaratar costes a la hora de contratar maestros.

Cada religioso de La Felguera cobraba 1.500 pesetas al mes y la empresa evitaba pagarle el alojamiento y los «posibles problemas» si tuvieran familia. Los propios empresarios supervisaban y decidían los programas escolares.

El Colegio de las Dominicas para las niñas en Aller que dependía de la Sociedad Hullera y la escuela de los Hermanos de la Doctrina Cristiana en La Felguera, de Duro Felguera, era los centros que más alumnos tenían en las Cuencas, con 350 niñas y 326 niños en 1908, respectivamente.

Hoy, estos centros albergan actividades de otra índole, aunque conservan su arquitectura inicial que, a entender de la autora, servía a la empresa para «hacer llegar su poder» y mostrar a los obreros «la importancia de los patronos».